Xbox One X se ha creado para llevar la mejor experiencia posible de juego directamente a tu pantalla, y eso significa poder jugar en 4K, con efectos HDR y a 60 imágenes por segundo. El resultado es muy sorprendente, y aunque de primeras muchos podrían no encontrar grandes diferencias con el juego a 1080p, lo cierto es que hay cambios muy importantes que se notan en cuanto los entiendes.

Con el 4K no ocurre eso mismo que teníamos en cuenta del salto al 1080p desde los 720p. En aquella época, aprovechar más resolución en la pantalla dependía de la distancia

 

del sofá frente a la TV y del tamaño de la misma, algo que igualmente podemos aplicar en los televisores modernos 4K, aunque debemos de tener en cuenta que la nueva

 resolución incluye además una gama cromática más amplia y un rango dinámico superior que permite ofrecer efectos HDR en la mayoría de modelos del mercado. Ahí es donde llegan los primeros cambios perceptibles, y con los que la experiencia visual cambia notablemente.

Potencia bruta.

El cerebro de la Xbox One X cuenta con 8 núcleos Jaguar que corren a 2,3 GHz, aumentando así en un 76% la velocidad de reloj respecto al actual modelo. A eso hay que sumarle una gráfica de origen desconocido (fabricada a medida) que cuenta con 40 unidades de procesamiento, cada una a 1.172 Mhz y sumando un total de 6 teraflops, que unido a los 12 GB GDDR5 del sistema, se consigue un conjunto extremadamente potente que no sólo supera con creces lo ofrecido por PS4 Pro, sino que también es fácilmente comparable con lo que podría ofrecer un PC con una gráfica de gama alta.

Eso sí, habría que tener en cuenta que la arquitectura de la Xbox estaría más enfocada a exprimir al máximo el rendimiento de todos sus componentes de lo que se podría conseguir con un PC, aunque, de todas formas, esos 12 GB de RAM no serán exclusivos de la gráfica, ya que se compartirán entre CPU y GPU en todo momento. Por lo que no olvídate de comparar ese detalle frente a una configuración de PC, porque no es lo mismo.